
Mi padre, al no tener espacio para estudiar en Jorge Juán, acudía todas las tardes a un café llamado La Polar situado también en la misma calle, pero esquina a la llamada por entonces General Mola y hoy Príncipe de Vergara, por aquello de que Mola combatió en la guerra Civil al lado de Franco, detalle este derivado de las vicisitudes de la historia contemporánea. En dicho café mi padre terminó sus dos carreras universitarias Derecho y Ciencias Económicas. obteniendo en esta última el Primer premio Extraordinario de fin de carrera.
La distribución familiar de los dormitorios era un tanto peculiar, pero imagino que alguna razón especial debieron tener mis padres para realizarla así:
Goya fue mí refugio en la adolescencia, desde aquel inolvidable día en que creí que la muerte llegaba a por mí. Y lo curioso es que, al evocarlo ahora, no puedo apartar de mi vista la misma imagen de niña empavorecida, enfrentándose al comienzo de su adolescencia, algo que ella ignoraba por completo. Al levantarme como cada día para ir al colegio y descubrir entre las sábanas aquel horror viscoso y rojo me encerré llorando en el cuarto de baño, del que no pensaba salir hasta que tirasen la puerta abajo y encontraran mi cadaver. Goya que ya debería haber descubierto el percance, insistía una y otra vez para que abriera la puerta, pero yo me negaba y lloraba sin parar. No sé como pudo convencerme para que la dejase entrar a mi lado. Cuando ella me explicó la causa natural de todo el drama, no pude ni sentirme aliviada porque llegué a pensar que ser mujer debía ser algo terrible cuando se manifestaba de aquella manera. Pasados los años, reconocí lo mucho que le debía a aquella omisión de mi madre, pues estuve bien alerta para adelantarme a la edad crucial de mis hijas, de la misma manera que había hecho antes con mis hermanas. Otra de las omisiones de mi querida madre, que en verdad era admirable en todo, pues en lo que ahora he mencionado no puedo culparla, ya que en ese terreno parecía ser lo usual en todas las familias, de las que entonces no me daba cuenta, fue aquella manía de vestirme de niña, tanto exterior como interiormente, cuando mis amigas ya utilizaban prendas adecuadas a su edad. Tuvo que pasar por Madrid mi tía política Josefina, a la que siempre quise con locura, para hacérselo notar. Aquel suceso de mi encontronazo con la edad adulta, más que el hecho de compartir habitación, fue lo que creó unos lazos de unión entre Goya y yo que sólo se rompieron cuando, al poco tiempo de trasladarnos a vivir a O'Donnell, decidió regresar a su pueblo. Ella, con su delantal blanco impoluto y almidonado, nos llevaba al Retiro a jugar y merendar, de manera invariable chocolate con pan.
En Jorge Juán tuve mi primera amiga, se llamaba Anita y vivía en el último piso por lo que tenían una amplia terraza, donde jugábamos mis hermanos Jose, Juán y yo con ella y sus dos hermanos, José Antonio y Benito. Creo recordar que los Acosta y nosotros éramos los únicos niños de la casa. Ella y yo parecíamos auténticas hermanas, pasábamos los días juntas y nada más llegar del colegio nos buscábamos una a la otra con impaciencia. En las viviendas de alrededor había otros muchos niños y niñas con los que formábamos pandilla para jugar en la calle, como era costumbre en la posguerra, pero no intimamos con ninguna de las demás.
La familia de nuestros amigos era sevillana y con una situación económica mucho más saludable que la nuestra. Tenían una agencia de transportes en Atocha, Auto-Andalucía, que fue creciendo vertiginosamente. Notaba yo esa diferencia en los bocadillos de pan con mantequilla que mi amiga tomaba a cualquier hora, cuya forma de huntarlos me dejaba perpleja: primero la repartía bien a lo largo de la rebanada para a continuación, cada vez que mordía un trozo volver a extender, por el sitio mordido, otra buena capa del sólido elemento derivado de la leche. En mi familia era mi madre la que elaboraba la mantequilla, a partir de la nata espesa y gruesa que se recogía cuando se hervía la leche; no tenía nada que ver con la fina telilla que se forma ahora al calentarla Aquello no me producía envidia alguna, a pesar de contemplar la cara de placer de mi amiga mientras devoraba aquella vianda, puesto que estaba segura que su exceso de peso del que siempre se quejaba, era el producto de tal sobrealimentación.
Los padres de Any, me trataban con mucho cariño y un verano me invitaron a veranear con ellos en Las Navas del Marques. Fueron unos días muy divertidos y animados, pues nos uníamos a otros niños del lugar, hacíamos excursiones por los riscos de las Navas y batallas emulando a los antiguos guerreros. De aquellos días guardo un pequeño recuerdo en la pierna derecha, una marca de color marrón ocasionada por un petardo que uno de los niños de la pandilla me encendió justo al lado.
La siguiente es una de las muchas fotos que conservo de aquel verano del año 1948. En ella aparecen, de izquierda a derecha: Un matrimonio amigo, Carmen, madre de Any a su lado, Any, sus hermanos Benito y José Antonio; más arriba, entre los dos niños, yo con las trenzas que mi amiga envidiaba y que tantos tirones tenía que sufrir cuando me las peinaba mi madre, mientras repasaba con ella las lecciones de catecismo; el niño más pequeño era hijo del otro matrimonio y hermano del Nico que aparece a su lado; las dos con delantal blanco eran las criadas de la familia, la de negro se llamaba Sebas y la otra Benita que casualmente era oriunda de Don Benito, localidad extremeña.


Mi amiga Anita, ya algo mayor.

Esta foto tan envejecida, lo mismo que yo, también es de aquel día de comida entre rocas y árboles en pleno campo.

La foto que encabeza este post sobre la casa de la posguerra, era la segunda de familia numerosa realizada mientras vivíamos en ella y la que aparece a continuación, fue la primera hecha en el cuarto de estar de la calle O'Donnell. En ella un elemento de tortura inustituible, para mí que no para ningun otro de mis cinco hermanos, chicas incluídas, la pizarra donde mi padre nos explicaba las matemáticas.

Para terminar, añadir que en la estrechez de aquella vivienda fuimos todos inmensamente felices. Mi madre, Puri para los amigos y familia, poco antes de morir confesaba que en aquel hogar pasó los años más felices de su vida, con restricciones de agua y luz, con las cartillas de racionamiento para comprar el pan, con la escasez de aceite, con las legumbres plagadas de bichos que entre ella y Goya iban expurgando una a una, con los lavados en la tabla de madera que se colocaba en el fregadero, con los circuitos que mis hermanos pintaban en el suelo del pasillo con una tiza, para jugar a las carreras de chapas o al futbol y con ese largo etcétera de privaciones que formó parte de una infancia relajada y alegre, en la que los niños vivíamos ajenos a lo que sucedía a nuestro alrededor, sin radio, sin televisor...Nuestro mejor regalo eran aquellos tebeos que nuestros padres nos pasaban por debajo de la puerta de la calle, cuando volvían de Misa cada domingo:
Y con la seguridad más absoluta de que España y los españoles éramos lo mejor del mundo.