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27 junio, 2008

LAS CLASES DE ESTADÍSTICA








Al empezar el curso nuestro profesor de Estadística se encontraba preparando la cátedra de dicha asignatura, por lo que su presencia no era muy frecuente en la Facultad. Contaba con varios profesorea ayudantes. El futuro catedrático se llamaba Gonzalo Arnaíz. Y fue él uno de los introductores de la Estadística en la Universidad española. Siendo licenciado en Ciencias Exactas por la Universidad Complutense de Madrid, orientó su vida hacia la Economia, finalizando el estudio de esta carrera en 1952 con Premio Extraordinario. Su gran aportación a la Universidad fue la introducción de la Estadística en la Economía. Simultaneaba las clases ejerciendo de profesor en la Escuela de Estadística. Más tarde en 1959 ingresó en la Academia de Ciencias Sociales y Políticas.
En 1959 actuó de asesor en el plan de estabilización de dicho año. Sus publicaciones sobre temas económicos, matemáticos y estadísticos son innumerables. Entre ellas: "Algunas cuestiones de Econometría", "Estadística Española" y varios libros para la enseñanza universitaria como: "Matemáticas para Economistas" e "Intruducción a la Estadística Teórica"
En el curso 1970-71 impartió clases en la Universidad de Venezuela.
Fue nombrado Vicedecano de la Universidad Autónoma de Ciencias Económicas de Madrid, donde se mantuvo dando clases como profesor emérito hasta unos meses antes de su muerte, ocurrida en 1990.

Pero mis auténticos recuerdos de este profesor son los de una persona muy cercana a sus alumnos. Gozaba de una fina ironía que no causaba daño a nadie y que por el contrario, con ella amenizaba sus clases. Lo que más admirábamos en él, era esa agilidad mental con la que desarmaba cualquier argumento en unos segundos.
Por la circunstancia de su preparación para la cátedra no pudimos verle con frecuencia y fueron sus ayudantes quienes impartían a menudo las clases. Uno de ellos. Francisco LLadó, Pacho para nosotros, fue de los alumnos más veteranos de mi padre. Nunca supimos si los suspensos en Castañeda eran fruto de su apego a aquel sitio que tenía reservado en Jorge Juan y en la amistad y cariño de la familia al completo, o porque realmente no merecía superar aquella asignatura.


Pacho procedía de Palencia, donde su familia poseía una fábrica de las famosas mantas palentinas. Lo cierto es que con ellas nos calentábamos todos en la calle O'Donnell durante aquellos frios inviernos de Madrid, anterior a los descubrimientos del temido Cambio Climático. Pudiera ser que de esa manera, en especies, abonase sus clases particulares. Como todos los estudiantes venidos de fuera, su entusiasmo madrileño era excesivo, por lo que ninguno tenía demasiada prisa en terminar la carrera y regresar a su lugar de origen. Hay que reconocerlo, aquel Madrid inofensivo tenía un atractivo magnético. Los paseos por la Gran vía a cualquier hora del día o de la noche, las escapadas a los cines de mañana como el Azul a un paso de la Universidad Central, donde lo que menos importaba era la película que proyectasen. O aquel establecimiento de los Sotanos recien inaugurado que fue una auténtica novedad, con toda clase de juegos y que más tarde se devaluaría por causa de la droga. En la Plaza de España, a la sombra de Don Quijote y Sancho se formalizaba el compañerismo y la amistad.


También existía otro mundo desconocido para el alumnado de provincias, el nocturno que para nosotras estaba vedado pero del que descubríamos algun indicio por los comentarios y las ojeras de nuestros compañeros. Algunos nombres de revistas musicales y vedettes de fama, bares que parecían cerrados y a los que mi padre tenía que acudir, a altas horas de la noche, para liberar a algunos de sus alumnos antes de que los llevasen a la comisaría.

LAS CLASES DE ESTADÍSTICA

No me importa confesar que al abrir por primera vez el libro de Estadística, pensé que lo habían escrito en chino. En principio me apunté a las clases particuares de mi hermano pero al no poder afrontarlas sin lágrimas porque, si con sus enamoradas alumnas se portaba de aquella manera, tener a su libre disposición la ignorancia de su hermana elevaba las cotas, de merecidos agravios por mi parte, a la enésima potencia. Reconozco que era guapo , el Gregory Pek de Jorge Juan le llamaban, dado su parecido con el artista, pero mi parentesco de fraternidad me libraba de caer en sus redes. Nuestro inseparable Pacho se ofreció a sustituir a mi hermano. Por entonces ya había conseguido licencenciarse en estudios, porque de Madrid no pudo hacerlo nunca. Aquí contrajo matrimonio llegado a la madurez con una viuda mayor que él y aquí terminó sus días antes de lo esperado. Con un pequeño grupo de cinco se le hizo hueco en la academia y todos felices, sobre todo él que ya contaba con un motivo más para no regresar donde las mantas.



Poco después Tomás, Jose Ramón y yo nos disgregamos de los otros dos y le pedimos dar las clases en casa de éste último.

Vivía Jose Ramón en un lujoso piso de la calle Alcalá en confluencia con la que, por entonces, se conocía con el patriótico nombre de General Mola. Aquello sí eran unas clases relajantes. Lo que se dice Estadística no aprendimos mucho, pero en cosas de la vida muchísimo; por lo menos yo que era neófita total. Las suculentas meriendas que nos servía la doncella uniformada hasta cofia, eran el colofón de aquellas clases. De allí surgiría también mi relación de más que amigos con Jose Ramón. Pero nada más.


EJEMPLO DE UNA CLASE DE PACHO, recogida de uno de mis numerosos cuadernos:


Sacar los apuntes, hoy vamos a ver:


Variables aleatorias distribuidas conjuntamente. Lo mejor es que vayáis copiando:

Función de probabilidad de masa conjunta = p(x, y) = P(X = x Y = y)



Función de probabilidad de masa marginal = Px(x) = p(x, y); Py(y) = p(x, y)


Función de densidad de probabilidad conjunta, para cualquier conjunto A bidimiensional: P[(x, y) A] = f(x, y)dxdySi A = {a ≤ x ≤ b, c ≤ y ≤ d} => P[(x, y) A] = f(x, y)dydx donde f(x, y) ≥ 0 y f(x, y)dxdy = 1


Funciones de densidad de probabilidad marginal
fx(x) = f(x, y)dy; fy(y) = f(x, y)dx; con -∞ < (x, y) < ∞ Variables aleatorias independientes X e Y son independientes si para cada par de valores se cumple: p(x, y) = px(x)·py(y) (variables discretas) o f(x, y) = fx(x)·fy(y) (continuas)Si no satisface esto entonces son dependientes. Ademas, si son independientes: P(a ≤ x ≤ b, c ≤ y ≤ d) = P(a ≤ x ≤ b) · P(c ≤ y ≤ d). Si soy sincera, a mí esto me suena ahora tan a chino como la primera vez que lo ví. Pacho hace una pausa para fumar un pitillo. Momento que aprovecha Jose Ramón para decir: _"¿Os habéis fijado que jersey tan bonito lleva Militos?", pues se lo ha hecho ella. _Pacho:" Andá, ¿Por qué no me haces uno a mí?". _Tomás: "porque no te pega" El jersey lo había copiado de la revista ELLE que llegaba a España sólo en francés. La verdad es que era muy bonito, blanco con escote en pico bordeado a los lados del escote por una especie de triángulo escalonado en azul añil. Pacho. "¡Y lo guapa que está.! "


Jose ramón: "No se lo digas que se enfada".


Pacho: "Pero bueno si yo casi la he visto nacer".


Militos: "¿Seguimos con la clase?, más que nada para salir del apuro.


Tomás: "Sí, pero luego se casará y se pondrá gorda y fea".


Militos se levanta para marcharse enfadada.


Pacho dice indignado:"Estás equivocado. Si quieres saber como será una chica de mayor sólo tienes que mirar a su madre. ¿Vosotros habéis visto a Puri, la mujer de Goyo?, es impresionante.


En ese momento entra la doncella con la merienda de costumbre y entre bromas, enfados por mi parte y risas se termina la clase.


No cuento ninguna más porque todas seguían idéntico guión. Menos mal que nuestro profesor particular lo era también de la Escuela de Estadística y, por lo que pudiera pasar, nos matriculó a los tres en ella, de tal manera que si no aprobábamos en la Facultad nos convalidaban con el aprobado en dicha Escuela que correría a cargo de Pacho.


El primer exámen que tuvimos estaba vigilado por tres profesores que subían y bajaban por las gradas del aula para evitar que copiáramos. Yo hice la tontería de colocarme en un extremo porque no pensaba copiar de nadie. De ahi mi sorpresa cuando veo acercarse a uno de los ayudantes y muy airado me dice:



_ "Salga usted del aula_


No entendía nada, hasta que me pregunta:


_"¿Qué lleva usted en el bolsillo?"_


El bolsillo era del impermeable amarillo. Aquel que tanto me gustaba lucir cuando parecía que el cielo iba a deshacerse en agua. Aunque no fuera así, a la menor duda me lo colocaba porque era de esas prendas con las que una se sentía bien a juzgar por lo que escuchaba a su paso, cuando los piropos no tenían ese nombre tan ofensivo de "acoso". Mientras vaciaba mis bolsillos pude contemplar como Pacho ascendia corriendo hacia mi sitio, pero ya era tarde porque el profesor tenía entre sus manos un curioso fajo de tarjetitas blancas donde yo había apuntado algunas fórmulas enrevesadas. Estaba indignada ya que ni las había sacado de su sitio, la primera pregunta era de las estudiadas y no necesitaba recurrir a semejante artilugio. Monreal que así se llamaba el inquisidor no atendía a razones y el mero hecho de descubrirlas al pasar por mi lado en el amplio y abierto bolsillo ya era para él un delito fragante. Que digo yo, mucho tuvo que fijarse. No puedo por menos de hacer un breve simil con la relación actual alumno-profesor. Sin duda por algo semejante la alumna acudiría hoy con presteza a ponerle una demanda por abuso de autoridad o por cualquier otro tipo de ofensa.



Al fin el palentino llegó a nuestro lado cuando ya me disponía a abandonar mi sitio. le cogió por un brazo y muy sulfurado le decía:


_"Qué no, que no puedes echarla que es la hija de Goyo"_, repetía una y otra vez ante las miradas asombradas de mis compañeros.


Monreal, quien luego sería también catedrático y creo recordar que ministro con la UCD, como la mayoría de mis profesores, accedió pero asegurando que no aprobaría. Sin embargo aprobé y por partida doble. Pacho me calificó con Notable en la Escuela de Estadística. Nunca lo pude entender pues yo apostaría que no llegué a examinarme.


Finalmente Arnaíz, consiguió superar el concurso- oposición de la cátedra de Estadística. Los alumnos le ofrecimos una comida homenaje en la que le vimos disfrutar y nos hizo disfrutar a todos . Explayándose y dando rienda suelta a sus agudezas. El resultado de aquella camaradería fue su promesa de dar un aprobado general, pero eso sí, dijo, recién estrenada su cátedra: _"ustedes estudien la asignatura".

Más tarde los ayudantes confesaron que nos iba a preguntar una sola pregunta a elegir por el propio examinando.

LLegó el examén oral y así fue, cada uno con su pregunta a cuestas y Arnaiz sonriente con todos y sin profundizar mucho. Cuando ya había pasado casi media clase por la tarima, le tocó el turno a uno de los alumnos, cuyo nombre no recuerdo pero del que me parece estar viendo su cara en estos momentos. Al decirle el catedrático:


_"diga usted lo que quiera", respondió con toda tranquilidad:


_"No. yo es que no". Y Arnaiz:


_"Pero que diga lo que quiera". Al seguir el alumno sin soltar palabra, nuestro paciente profesor pregunta:


_"Pero usted ¿a qué ha venido?". Y en el colmo de la desfachatez, contesta con otra pregunta:


_"¿Pero usted no iba a dar aprobado general?".


Don Gonzalo Arnaiz, tan cercano siempre al alumnado, no hizo ni una mueca cuando toda la clase soltó la más sonora de las carcajadas. Y se vio obligado a aprobarle.


Para finalizar este capítulo quiero hacer una salvedad. No me gustaría que nadie pensase, hijos incluidos, que mi paso por la Universidad fue un tanto frívolo y que aprobé todas las asignaturas por enchufe. Sólo estoy hablando de aquellas cuyos resultados fueron algo anecdóticos, pero hubo muchas más que aprobé sin paliativos, tales como la Filosofía, el Derecho civil, Administrativo, Derecho del Trabajo, Mercantil, Historia de las Doctrinas Económicas y etc... Como ya dije anteriormente, contraje matrimonio con media carrera pendiente y doy fe que todo lo que estudié de casada hasta que la terminé, con el séptimo de mis embarazos, lo hice con mucho más empeño y concentración que lo estudiado de soltera.

¿Qué lo pasé bien de universitaria?: ¡¡Indudable!!


14 mayo, 2008

DE CATEDRATICOS Y PROFESORES

Como no encontré ninguna foto del catedrático, Leopoldo Zumalacárregui, he elegido ésta para ilustrar el relato porque el general carlista fue ascendiente suyo.



Para compensar los bigotes del general, esta foto que me hizo un compañero en la Plaza de España, donde nos aireábamos de las clases, cerca de la Facultad

Leopoldo Zumalacárregui, uno de los fundadores de la carrera de Económicas, fue nuestro catedrático de Historia Económica. Sus clases muy amenas ya que el profesor era una enciclopedia cultural. Excesivamene educado, detallista, elegante y serio. Gran amigo también de mi padre al que a menudo le recomendaba algun alumno para que le incluyera en sus clases, entre ellos a Jose Ramón, el de mis primeros post, titulado SIEMPRE, con final novelado porque no fue verdad que la protagonista del relato regresara a reclamar ese siempre. La realidad es que, ya casada, no volvieron a verse nunca más.

Cuando los alumnos llegaban a la Academía con recomendación era porque lo que había sido nuestro hogar ya no daba más de sí. A parte de la Teoria Económica, se impartían clases de Matemáticas y Estadística en las que colaboraba mi hermano, a punto de terminar su carrera de Ingeniero de Minas. Por cierto, tenía a sus alumnas totalmente enamoradas de él. A pesar de los gritos y de las cosas que las decía cuando no contestaban a alguna pregunta: "pero tú que vienes tan arregladita a las 8 de la mañana... que la cabeza sirve para algo más que para peinarse" ....Bueno y la que se armó en su clase el día que explicaba unos problemas en la pizarra en los que intervenía la letra griega "tita"(así la llamábamos en el colegio) y una de sus alumnas dijo: Goyito, por favor, no corras tanto que me falta una "teta".... , pobre alumna y precisamente era la más colada por mi hermano.
Me viene ahora una anécdota ocurrida, poco antes de que llegara mi padre para impartir su clase de rigor. Como me incorporó al último grupo del día, para que al terminar volviera a casa con él, pasando antes por la Maja de Goya como ya conté anteriormente, no había ninguna otra chica. h Demasiado tarde para la mujer decente de finales de los cincuenta. También es verdad, que seguía escaseando el alumnado femenino. No tardaría mucho en solucionarse esta situación ya que cuando comenzó Económicas mi hermana Carmina, unos seis años más tarde, la balanza de género estaría más equilibrada. Tomás andaba tonteando como de costumbre. Teníamos mucha confianza porque su hermana Pili también había pasado por Jorge Juan y mi padre los trataba como de la familia, claro que eso hacía con la totalidad de sus alumnos. Tomás era de Ponferrada donde su familia tenía unas minas de carbón, a las que no le apetecía para nada regresar ni como economista ni como nada. Inevitablemente así lo haría. Para que me dejara en paz de una vez le dije:

_"Pues que sepas que en ese mismo lugar donde estás sentado, tenía yo mi cama". ¡Menuda ocurrencia!."
Dió un brusco salto y comenzó a besar el suelo, los demás iniciaron idéntica maniobra con una desorbitada juerga, hasta que de improviso apareció mi padre y me sacó a la pizarra.
¿Por qué pensaría que la culpa era mía?. Aquel día estuve más torpe que nunca y nuestro profeso, enfadadísimo, me mandó sentar. _"Tú es que quieres aprender la asignatura de oido. ¿No?", me dijo, y a lo mejor tenía razón. No recuerdo si me caería alguno de sus epítetos favoritos: alcornoque, merluzo no, por ser masculino y la merluza era demasiado apreciada por su paladar para emplearla como fustigación del alumnado.

Siguiendo con la Historia Económica, Zumalacárregui tenía la mala costumbre de examinarnos oral. La asignatura se cursaba en primero, cuando todavía no habíamos adquirido esa capa de inmunidad que te aporta el suficiente desparpajo para enfrentarte a semejante trauma. Recuérdese que la confrontación con Castañeda no tenía lugar hasta el segundo curso. Antes de Navidad nos hizo pasar por un parcial escudriñador que muy pocos aprobaron. Yo tampoco, con lo que ya no te podías presentar al segundo y quedaba la asignatura entera para final de curso.

Tampoco era de su agrado que nos aprendiéramos los temas de memoria. Una de sus frases favoritas, que a mí me gustó particularmente:


" La cultura para un universitario es lo que le queda después de haberlo olvidado todo".
También solía decir que lo importante es el poso que deja el haber pasado por la Universidad. No la carrera que hayas estudiado ni las notas sacadas, porque el día de mañana, si hay una guerra, el único que sabrá dar con exactitud los mensajes al capitán será el universitario. Ahí le delataba su parentesco con el general. A mí estas ideas me gustaban particularmente. Las notas en sí mismas no sabía apreciarlas en todo su valor promocional.
He de reconocer, como ya he dicho en otra ocasión, que estaba en aquellas aulas, empinadas y de gran solera, por voluntad de mi progenitor que fue un adelantado a su tiempo. Todos sus compañeros de la Diputación Provincial trataban de convencerle para que hiciera lo mismo que ellos, es decir, colocar a sus hijas en dicho organismo que para ellos era realmente fácil. Sin embargo, nuestro cabeza de familia era defensor a ultranza de la paridad. Palabra que no existía o al menos no se utilizaba con el mismo significado que en la actualidad. Por ejemplo, mi padre sólo diferenció a sus hijos e hijas en la hora de llegar al hogar. En colaborar a las labores domésticas no había ocasión. Todas eran absorvidas por la muchacha (vuelvo a insistir que esa era la denominación de las insistituibles domésticas), codo con codo con mi madre que no sólo supervisaba, sino que realizaba con ella. ¡Qué no tengo yo sufrido, en mis primeros años de matrimonio, por culpa de esta falta de aprendizaje!. Con el agravante que con las 3500 pesetas que ganaba un teniente de Infantería de Marina ¿quién podía tener muchacha alguna?. No es que comparativamente con los sueldos y precios actuales aquello pareciera poco, no, es que de por sí lo era. Es lo que tenía Franco que trataba muy bien a los militares, sabía imbuirles el amor al servicio y a la patria, la entrega. el honor, el desprendimiento.... pero el sueldo corto, corto.

De todas maneras he de añadir la inmediatez con que aulas, compañeros, algunos profesores, bedeles como Justo, se adueñaron enseguida de mi total afecto, de por sí bastante entregón. Que aquella fuera la voluntad de mi padre fue lo mejor que me pudo pasar en la vida. La única pega era que de vez en cuando habia que darse al estudio. Tarde o temprano la realidad se imponía.

Las frases de Zumalacárregui fueron dogmáticas para mí, lo que no quiere decir que no estudiase. Diferente es hacerlo para que luego se te olvide todo que empollar para retenerlo toda la vida. El exámen final no fue del todo satisfactorio, de ahí mi sorpresa cuando recogí la papeleta con un aprobado, ajustado, pero aprobado al fin y al cabo. Lo que no podía esperar de nuestro elogiado catedrático, era su llamadita telefónica a mi señor padre. A pesar de su mutuo afecto siempre se trataron de usted:

"_Gregorio, quiero decirle que he aprobado a su hija, pero como no da suficiente nivel es necesario que venga con usted en Septiembre a mi despacho oficial. (ignoro el cargo que ocupaba en ese momento ya que fueron muchos y muy destacados). Allí mismo le haré unas preguntitas sobre la asignatura".

Cuando me enteré, pensé que aquello debía estar relacionado con lo del "poso y la cultura", pues de otro modo no podía entender qué clase de aprobado había tenido a bien concederme.


Antes de lo deseado llegó Septiembre y la hora de cumplir aquel compromiso. La asignatura resultba interminable, entre libro y apuntes. Como también tuve que preparar alguna más, que de motu propio había quedado asignada a tan turbio mes, no emplee demasiada dedicacion a la misma. ¿Quién se excedería en el estudio conociendo de antemano su aprobado?.


LLegué a dominar la Revolución Industrial que abarcaba varios temas del libro, pensando que, con toda seguridad, Don Leopoldo me atacaría por ese flanco. Durante el curso incidía constantemente en ella: En las causas que hicieron fuera Gran Bretaña la iniciadora de la misma; cómo les favoreció a los ingleses el tener una monarquia liberal; las grandes fortunas conseguidas con el tráfico de esclavos... Las tres etapas de la Revolución Industrial. Todo, todo me lo sabía: la influencia de Adan Smith que defendía la libertad económica y la no intervención de los gobiernos; la máquina de vapor; el paso de los talleres a las fábricas; la aparición del Proletariado... . Esto y más detalles es lo que recuerdo después de haberlo olvidado todo. Como a él le gustaba. Pero no me preguntó: La Revolución Industrial. Ni tengo ahora la menor idea de las preguntas que me hizo. Sí de la cara de mi padre cuando bajábamos aquella escalinata alfombrada de rojo de algun ministerio que tampoco recuerdo cual era. No cruzamos palabra en todo el trayecto, ni en casa hasta varios días más tarde. Las riñas de mi padre eran de esa manera.

23 marzo, 2008

Mi Aprobado de Hacienda Pública




Cómo ya he dicho, el catedrático Enrique fuentes Quintana era el otro hueso de la carrera de Económicas; Avalo esta opinión con el triste resultado obtenido por mi amigo José Ramón a pesar de la recomendación que aportaba para aprobar esa asignatura; ni más ni menos que de la excelentísima Dª Carmen Polo de Franco: ¡suspenso!. Lo mismo que hiciera Castañeda con él. En otra ocasión daré datos biográficos de nuestro catedrático, que desempeñó, entre otros, el cargo de vicepresidente segundo en el gobierno de Adolfo suarez.
Hoy sólo me voy a referir a las circunstancias que rodearon mi examen de Hacienda Pública.

Cuando me presenté a este examen me encontraba en el octavo mes de mi primer embarazo. Deseaba dar a luz en Madrid porque el entorno de San Fernando (Cádiz) no me inspiraba mucha confianza, aunque luego nacieron allí siete de mis hijos y sin ningún problema. Al mismo tiempo quería presentarme a algunas de las asignaturas que tenía pendientes. Compromiso adquirido con mi padre que autorizó mi boda con la condición de que terminase sin prisas, como así fue, la carrera. Es verdad que me vi obligada a pasar por un pequeño apuro, ¡eran otros tiempos!, el de aparecer ante mis compañeros en aquel estado avanzado de gestación pero logré superarlo. Y los que antes me piropeaban de una forma escandalosa, hoy se llamaría "acoso", en ese momento me encontraban muy elegante. En fin, de aquella manera tuve la osadia de acudir al examen de Educación Física que, siendo una de las -"marias", junto con Religión e idioma (Francés en mi caso, que si llego a saber esto de internet hubiese elegido la lengua "mater" de algunos de mis nietos), era necesario aprobar para obtener el título universitario. Mi sorpresa fue cuando a la profesora de Gimnasia no le vastó contemplar mi abultada apariencia, sino que me exigió presentarle otro día un certificado médico. Por suerte me concedió la exención de los cinco cursos a los que nunca me había presentado. Y todo gracias a la que un mes más tarde sería mi hija Begoña.

Con la Hacienda todo fue distinto, mi padre no quiso recomendarme a Fuentes porque, como gran amigo suyo, no le parecía bien violentar su decisión. El programa de la asignatura era francamente terrorífico. Algunos conocimientos si llevaba aprendidos, necesarios pero no suficientes. Lozano que vigilaba el aula se acercó a mí y me dijo:

"Tú escribe mucho y no dejes ninguna pregunta en blanco".
Aquello ya me gusto más, porque he de reconocer que lo que se dice escribir nunca se me dio mal del todo. De todo esto resultó que Fuentes, al descubrir el apellido, pidió a José María el encargo de corregir mi examen y que no se lo enseñara ni para supervisarlo; algo que no hacía con nadie. A los pocos días mi protector ayudante me dijo al teléfono:

¡Enhorabuena!. Aprobaste por tus méritos. Se nota que estudiaste porque alguna idea sí has expuesto y sobre todo has escrito algo esencial: " la Hacienda es lo más importante para todos".

¡Qué grado de elegancia el de Lozano!. Claro que ahora caigo en la cuenta del valor auténtico de esas palabras mías, Sin lugar a dudas, fue la inspiración de la famosa frase que vendría en años posteriores: "Hacienda somos todos". Y yo ignorante de mi valía.

Cuando Enrique Fuentes llamó a mi padre para comunicarle la buena nueva, le riñó amigablemente por no haber tenido la confianza de recomendarme. En alguna ocasión ya he contado que el catedrático comenzó la carrera en el primer año de su institución en España. Mi padre en el segundo. Los dos eran ya licenciados en Derecho pero Enrique tuvo que solicitar la ayuda de Goyo para aprobar Castañeda y su Teoría Económica. Mi aprobado pudo ser la justa correspondencia, ni siquiera solicitada, a la generosidad de mi progenitor.
Así actuaba mi padre en todos los órdenes de la vida, con esa prudencia y sexto sentido que le caracterizaba.



JOSÉ MARÍA LOZANO IRUESTE


Uno de los profesores que recuerdo con más cariño y admiración fue José María Lozano que desdichadamente, me entero ahora, falleció en Junio del 2006. En realidad podía figurar en el apartado de queridos amigos.


Conocí a José María, en la academia de Jorge Juan, como alumno destacado de mi padre. De inmediato se estableció entre ellos una gran amistad que de refilón también recayó en mí.. Contaba ya con la carrera de Derecho, varios idiomas y algún título más. Por sus grandes dotes como estudiante y por la convalidación de asignaturas se licenció en Económicas en breve tiempo. Con tanta celeridad que fue profesor ayudante de Fuentes Quintana en la asignatura de Hacienda Pública, cuando yo comencé a cursarla; lo que he de reconocer me ayudó de manera notable. Pasados unos años obtuvo la cátedra. Siendo autor también de varios libros referentes a Economía como: "Diccionario bilingüe de Economía y Empresa", "El libro de la pipa"(fumador elegante él de la misma), "Introducción a la Teoría del presupuesto"...y etc.


Lozano era de esas personas que por donde pasan van dejando huella y huella indeleble. Su auténtica vocación fue la diplomacia, presentándose con insistencia durante varias convocatorias a una oposición que, por lo que tengo entendido, ha sido suprimida en la actualidad ya que hoy se eligen los diplomáticos, entre otras cualidades, por su afinidad a los distintos gobiernos de la nación. Profesión para la que se encontraba altamente cualificado, no sólo por la brillantez de sus exámenes, sino también por sus grandes dotes innatas.. Al ser rechazado una y otra vez, alguien le recomendó amistosamente que desistiera de su tenaz empeño. ¿La causa?: aquel defecto físico ocasionado por la explosión de una granada en la Guerra Civil. contienda en la que participó como alférez universitario en el ejército nacional. Lo que debería haber sido un mérito en la España franquista, fue el único impedimento para la consecución de sus aspiraciones profesionales. Entregar su mano derecha en defensa de la Patria conllevó así mismo la entrega de sus bien justificadas ilusiones. ¿Extraño que, al rememorar hoy este hecho, sienta idéntico dolor al que sentí cuando él mismo nos lo confió a mi padre y a mí?. Sin duda, tuvo que asumir una de esas injusticias de la vida que de alguna forma deben ser recompensadas más allá de lo terreno.


José María suplía con creces aquella carencia. Más que con el guante que cubría su prótesis, ésta se desvanecía por el encanto y elegancia que toda su persona derrochaba a manos llenas, sí a manos llenas. Su sabiduría, su preparación intelectual, aquel poder de absorción que poseía para captar el interés de cuantos le escuchaban, su chispa irónica... , hacían de su conversación un algo inigualable. Han pasado ya demasiados años y acontecimientos en mi vida y sin embargo, no he encontrado por el mundo persona alguna que le supere en semejantes dotes. El profesor y amigo que yo recuerdo vigente está, con ese bagaje especial, en mi memoria.


Por añadidura, no había en él resentimiento alguno. Transmitía seguridad, optimismo y alegría. Tal vez por eso su mujer, Luz, también era admirable. No terminaría de sumar elogios hacia esta persona querida y añorada. Me retraigo sólo para que nadie piense que lo hago por esa deuda de gratitud contraída con él cuando aprobé, gracias a su colaboración, la asignatura de Hacienda que impartía Fuentes Quintana, el otro "hueso" de Económicas.

19 febrero, 2008

VALENTÍN ANDRÉS ALVAREZ


Repasando los recortes de periódicos que he ido acumulando, me ha sorprendido un artículo de Juan Velarde Fuertes (Juanito como mi padre le llamaba) titulado "EL ECONOMISTA DE LA GENERACIÓN DEL 27", publicado en ABC el 28-7-91. Juan Velarde fue, como ya dije en una entrada anterior, profesor de Estructura Económica I y II. ayudante de quien ejercía la cátedra, Jose Luis Sampedro escritor y académico de la Lengua. Dicho artículo se refiere a Don Valentín Andrés Álvarez. La relectura de esas líneas me ha sugerido la idea de iniciar en Noray una serie, sobre algunos de los brillantes e insignes profesores que ilustraron nuestro paso por la Facultad de ciencias Políticas y Económicas. A los que, en plena inconsciencia juvenil, apenas valorábamos. Y de los que con el paso de los años hemos ido percatándonos de su alcance y transcendencia; sobre todo en el ámbito político, económico y social de la vida española.

Lo cierto es que las clases de Economía de Don Valentín, como todos le llamábamos, una vez superada la criba de Castañeda, eran para nosotros como una sedación. Sus pasos, acompasados y rítmicos a lo largo de la tarima, elevada unos centímetros sobre el resto del aula, mientras explicaba la asignatura, resultaban un tanto extraños al compararlos con la rigidez y seriedad de la mayoría del profesorado. Sin embargo, la clase se mostraba receptiva y atenta por demás. Intuíamos de alguna manera que aquella persona, menuda e inquieta, almacenaba un bagaje ciertamente misterioso y polifacético que nunca mencionaba. Su buen humor, el trato amable y atento con el alumnado, nos resarcía con creces de su antónimo, catedrático ya mencionado. Sí que se podía advertir sus vastos conocimientos intelectuales, no sólo en el mundo de la Economía, sino también en otros ámbitos que causaban algo de sorpresa, tales como música o literatura. No dudo que mis compañeros, una vez abierto para ellos el campo profesional descubrirían sus múltiples facetas pero la que suscribe, embarcada de lleno en la vida matrimonial y materna, circunscrita al reducido mundo de lo que por entonces era un pequeño pueblo (San Fernando, Cádiz) nunca volvió a tener noticia de Don Valentín.
Por eso los datos tomados del artículo del ABC me sorprendieron en su día y hoy me han llevado a mencionarlos, en un arranque de desagravio personal a tan insigne profesor.
Cuenta Velarde de este joven español titular de dos carreras, Farmacia y Ciencias Fisico-Matemáticas, que trabajaba en el Laboratorio de Investigaciones Físicas de Blas Cabrera, colaboraba en la célebre cátedra de Metafísica de Ortega y por consejo de Garcia Morente impartía clases de Física y Matemáticas; al mismo tiempo un buen literato de la generación del 27. A la que contribuyó con novelas Sentimental Dancing) obras de teatro, poesia (Reflejos) y algún musical (Pim-pam-pum)...Se embarca en la aventura parisina en el año 1919, para especializarse en Mecánica Celeste. Allí, entre otras experiencias y estudios se transforma en experto bailarín de tangos. Hecho éste que viene a explicar sus gráciles paseos por la tarima.
Y una se pregunta ¿cómo este portento de la naturaleza, amigo de Lorca y de Damaso Alonso culmina sus días, desde los cincuenta y un años, de catedrático en la facultad de Económicas; ejerciendo como tal en Madrid y Oviedo?. Simplemente fue el flechazo de un libro: Manual de Economía Política de Vilfredo Pareto lo que trastocó todos sus planes. Dedicándose en adelante al estudio de esta nueva ciencia.Investigando en todas las escuelas existentes( Lausana, Neoclásicos, Círculo de Friburgo...) y recalando desde 1943-44, al crearse la facultad de Ciencias Políticas y Económicas de Madrid, en nuestro querido y viejo Caserón de San Bernardo, donde enseñó que "el gobierno debe abstenerse de intervenir directamente en los procesos de mercado pero debe modificar el orden económico para garantizar los principios constituyentes de Mercado". y que segun otro de los catedráticos, Manuel Torres: "sus trabajos fueron decisivos para que nuestra política económica no fuese, como el tejido de Penélope, un continuo tejer y destejer". ¿Qué pensará hoy, si nos contempla desde algún lugar celeste, de la actual economía socialista?, tejer y destejer.
Este insigne asturiano es objeto de una gran veneración en aquellas tierras donde nació (Grado, o Grau en lenguaje bable). Una Asociación Cultural lleva su nombre, así como una calle de la ciudad de Oviedo. Convocándose periodicamente un concurso internacional de cuentos (ya el XVII) bautizado: Valentín Andrés Álvarez.

Mi modesto homenaje a este catedrático, fallecido en 1982, que pasó por la Universidad sin haber dejado huella traumática en sus alumnos, por el contrario, con esa sensación de roce amable con que pasa a tu lado la sabiduría cuando enseña sin apabullar.

30 enero, 2008

FINAL...LA BECERRADA



Recuerdo la becerrada como de anteayer. Eso que en mis cuadernos apenas escribí diez o doce líneas con pequeños comentarios como :

"Al día siguiente la becerrada, que si no resultó extraordinaria me gustó hasta el episodio del toro y me gustaron los comentarios de los compañeros.
Villalón: "Te aseguro Militos que recé por vosotros"
Marcelino Colodrón: "¿Y Militos qué?, ahí quieta, como diciendo: Si a Pepe le coje a mí también".
Por la mañana en las clases, fue la comidilla de la facultad y yo no sabía donde meterme aunque en el fondo estaba encantada. La comida en el campo muy agradable y me halagó que el chico de la vespa me enseñase las dos entradas que había comprado para invitarme al baile de gala. Sin saber, el pobre, que tenía novio y lo de dejarme bailar con otros era algo por lo que no estaba dispuesto a pasar. Bastante le había costado que estudiase con tantos chicos, estando él tan lejos."


No escribí más, y no sé si Pepe tuvo miedo, a mí creo que ni siquiera me dio tiempo. Fue tan repentino que no pudimos hacer otra cosa. El improvisado ruedo estaba lleno de compañeros; todos hablando en corrillo. Yo al lado de Pepe y del resto de la pandilla. En un instante nos vimos solos, sin conocer la causa. El con sus muletas que le ayudaban a caminar con bastante dificultad. No recuerdo cuando conocí a Jose María Echevarría. Debió de ser por Jesús (el amigo de Julio que estudiaba Industriales en la Escuela del Paseo de la Castellana y que venía algunas veces a buscarme a la Facultad, para hablarme mal de su íntimo amigo e intentar desengañarme de mi noviazgo). El y su hermano Perico eran , como Julio y Jesús, antiguos alumnos del colegio del Pilar. Pepe tenía una gran problema en las piernas y se ayudaba con las muletas. Lo más probable consecuencia de una poliomelitis. Se notaba que hacía grandes esfuerzos para caminar. Sin embargo era muy animoso y participativo. Los dos encajamos pronto por lo que rapidamente se incorporó a nuestra pandilla, donde todos le apreciaban. Tengo que reconocer que mi pandilla de Económicas era especial y cómo lamento haberles perdido la pista. ¿Qué habrá sido de cada uno? Cuando me decidí a escribir estos banales recuerdos tenía la esperanza de encontrarme con alguno por Internet.
Jose maría contaba también con su excelente hermano Pedro que estudiaba Derecho y siempre venía a recogerle. Por lo que sé, continua a él por completo dedicado, ya que ahora, mi gran amigo Pepe, necesita la silla de ruedas para desplazarse. Esto lo supe de casualidad. Al cumplirse el centenario de la fundación del colegio del Pilar, Julio estuvo llamando a algunos compañeros para las celebraciones y Pedro le dijo que no podía asistir a ningun acto al tener que cuidar de su hermano. Yo, cobarde, no me atreví a comunicarme con ellos. Precisamente los dos hermanos fueron de los pocos compañeros que asistieron a mi boda, un 5 de Agosto,

Aquella tarde de toros no debía estar Pedro. Cuando más enfrascados estábamos en la conversación, repentinamente sentimos un silencioso vacío a nuestro alrededor. Nos miramos sin comprender aquello y a renglón seguido descubrimos frente a nosotros, un montículo próximo completamente abarrotado de personas, sin caer en la cuenta que eran los mismos que, en el momento anterior, nos acompañaban. Sentí la presión calurosa de un brazo de Echevarría sobre mis hombros en ademán protector. Fue entonces cuando giré la cabeza y ¡horror!, una especie de masa negra con dos aspas afiladas en lo que parecía una cabeza, se nos echaba encima a toda velocidad. No formulamos palabra alguna y permanecimos anclados en la tierra, como deben anclarse los cimientos de los rascacielos. Ya de cerca, comprobamos que no era una auténtico toro sino un becerro crecidito que antes de toparse con nuestros rígidos cuerpos, no dudó en describir una pequeña parábola, para seguir con su desbocado embiste. Ahora sí, todos nos llamaban y aplaudían. Nos ahorramos los reproches y buscamos el sitio más próximo para sentarnos juntos. Ya casi siempre juntos en las clases hasta que colgué la carrera para casarme. Bueno la carrera no, sólo mi asistencia a las clases, porque seguí estudiando y presentándome a exámenes hasta que la terminé, en mi séptimo embarazo.

17 enero, 2008

PASO DE ECUADOR__II

Por fin encontré la foto de la opípara comida.

A mí derecha Jose Mªechevarría (el sufridor conmigo de la becerrada), a la izquierda Carrasco, Carmina y Alejandro. En frente, mi gran amigo Tomás con pan en la mano, Estrella, Marcelino de Dios y alguno más.

Con toda sinceridad debo confesarlo:¡en blanco!. Y cada vez que entro en Noray, desde el 25 de noviembre, mi mente se bloquea. Creo que hice mal en publicar esa fotografía de Castañeda. Por más que hablo de madurez, en el fondo, la imagen de aquel personaje que marcó mi carrera universitaria, como la de tantos economistas de los primeros años, continua paralizando mis neuronas.

Pero hoy estoy aquí, decidida a continuar con estos recuerdos de universitaria que dudo interesen a nadie pero que reviven para mí una época de risas y amistades, donde fui feliz sin tener conocimiento de que lo era. Eso es lo malo de la felicidad, hace tan poco ruido que sólo la descubres cuando ya se ha ido.

Nuestro Paso de Ecuador, según el programa de festejos que, junto a la fotografía de la comida y dedicatorias de profesores y compañeros, conservo en una vieja carpeta de color verde y rígido cartón, lo celebramos del 17 al 22 de febrero de 1958. El objetivo de tal celebración era el de festejar juntos, los que juntos iniciamos la andadura universitaria. Carecía de interes el hecho de que la la carrera se hallase o no en la meridiana de asignaturas aprobadas.

La lectura del pregón tuvo lugar en el Paraninfo de la Universidad, salón majestuoso donde se convocaban los actos más significativos: Apertura de Curso, entrega de becas, títulos, doctorados, conferencias... . Como vivíamos sombreados por lo que hoy se ha dado en llamar nacionalcatolicismo, que por cierto, a nadie perjudicaba, se celebró una Misa de libre y multitudinaria asistencia. Comprendo que en el nuevo siglo no pueda ni vislumbrarse ese aire especial de fiesta con que se revestían los actos iniciados con la Santa Misa. El Sacrificio del Altar presente para todo el que deseara aprovechar aquella gracia, libre y gratuita.

Regresan a mi memoria las canciones de la Tuna; el baile con uno de los tunos y mi percance con la combinación. La comida con profesores y alumnos y ¡cómo no!, la becerrada. Por supuesto , no faltaron pantomimas, teatro, encuentros deportivos y hasta un Auto Sacramental. En el programa leo que hubo un baile de gala en el hotel Castellana Hilton. Con sorpresas y gran fin de fiesta, al que no asistí, porque por ahí no pasaba el novio ausente que se encontraba en la Escuela Naval. La comisión organizadora le dio el nombre de "Baile del Oligopolio", como no podía ser menos tratándose ya de medio economistas.
Pienso que mejor que estrujar mi memoria extrayendo vivencias más o menos exactas, será mejor copiar tal cual, lo que sin duda escribiría por aquellos días. Sí recuerdo que disfruté como no creía posible, sobre todo por la timidez y complejos que siempre me asaltaban ante esas reuniones masivas. Por entonces ya había cambiado de pandilla por otra más afín a mi manera de ser. Más o menos el grupo lo formábamos: Tomás Garcia Docio, Jose María Echevarría, Marcelino de Dios, Carrasco, Alejandro Mola, Manolo Centeno, Carmina Hidalgo, Mary Cruz....

He rebuscado en varios cajones y en los cuadernos de esos años y lo único que encuentro es un papel amarillento, plagado de curvas y fórmulas con integrales por un lado y por el reverso una pequeña reseña, a año pasado, sobre nuestra fiesta. Por lo tanto con aquellas líneas y con mis recuerdos voy a intentar resucitarla.

"Soy feliz oyendo Clavelitos. Recuerdo mi Paso de Ecuador y me repito una vez más que han sido los mejores días de Facultad. Un tuno me dio un clavel y ma sacó a bailar. Al día siguiente salio un trocito de mí en el ABC"."

La ronda de la Tuna tuvo lugar en el patio trasero de la Facultad. Los propios tunos organizaron el bailoteo. El que me sacó a mí era bastante feo y bajito. Le conocía con anterioridad y siempre me pareció muy simpático. Cuando más entusiasmada me encontraba, sentí que algo se me aflojaba por la espalda; no tardé en darme cuenta que se trataba del corchete del forro negro que solía ponerme debajo de las faldas (nunca me gustaron las combinaciones que se llevaban porque abultaban mucho y para sustituirlas me hice un forro negro y otro blanco alternantes, según el color de los vestidos). Salir de aquel percance fue cuestión de segundos. Entre paso y paso propiné una patada al dichoso forro que de manera inexplicable desapareció entre la polvareda que levantaban nuestros pies al ritmo de la música. Al parecer nadie se percató, pero ya para siempre el machacante "Clavelitos" y una suave tela de raso acariciando mis piernas, van unidos en ese universo atemporal de los recuerdos.

El jueves 20 de febrero nos reunimos para la "Opípara Comida", según el programa, en el Círculo de la Unión Mercantil. No memorizo si fue opípara o no, pero sí divertida y animada. En la foto veo que al final me decidí por el vestido negro estrecho y de manga corta que hicimos entre Julia y yo. Con el cinturón ancho de ante color rojo. Guardado durante años y años por si alguna de mis hijas lo aprovechaba y del que me deshice últimamente. A los postres nos movilizamos para intercambiar dedicatorias en la invitación: "A unos ojos negros" de Alejandro Mola; "A mi petit poupé", no descifro su firma. "Eres tan guapa como buen economista tu padre", creo que de Manolo Centeno, a lo que respondió nuestro profesor de Estructura Económica, José Luís Sampedro: "Economista no sé, pero guapa, ¡bárbaro!". Sin duda ya despuntaba como académico de la Lengua. Como oro en paño guardé esta tarjeta con autógrafos inspirados y cariñosos. Había entre nosotros una corriente de compañerismo y afecto que todavía hoy añoro. Como oro en paño, hasta que hace unos meses quise tenerla más a mano y, por no sé qué extraño maleficio, no soy capaz de encontrar.

Y para no alargar más este tramo de añoranzas, dejo para mañana la narración de la becerrada con la que finalizaré el relato del Paso de Ecuador.

25 noviembre, 2007

PASO DE ECUADOR I






!!CASTAÑEDA!!---------------------
Fuentes Quintana y Juan Velarde (dos de mis profesores a ambos lados de Montoro)



Una vez adquirida la madurez universitaria cualquier alumno, matriculado en tercer curso, era apto para celebrar el Paso de Ecuador. Y ¿qué requisitos se requerían para ostentar dicha madurez?. No, necesariamente, la mitad de la carrera debía estar aprobada pero sí una medida, formulada a nivel de intelecto individual, se consideraba como necesaria y suficiente. Y esa medida no podía ser otra que haber pasado por la criba de ¡Castañeda!. Confieso que en esta apreciación yo jugaba con ventaja, dado que, desde que puse mis pies y mi cabeza en la Universidad, conocía de antemano esa dura confrontación por la que tenía que pasar de manera inevitable. No en vano, en la familia, vivíamos con intensidad la trayectoria de la mayoría de los alumnos particulares de mi padre, con sus anécdotas fantásticas, sus cruentos aprobados y su repetitivas calabazas. Si mal no recuerdo, pocos fueron los que aprobaron dicha asignatura a la primera. Quizá, el que luego sería gobernador del Banco de España,Luis Alfonso Rojo (alumno paterno) porque Ramón Tamames (Iden de iden) catedrático de Estructura Económica, no tuvo esa suerte. No recuerdo si Isidoro Alvarez (dueño del Corte Inglés por decisión de su tío, Ramón Areces quién delegó en mi padre su formación económica, recién arribado a Madrid ) pudo pasar ese Rubicón con igual diligencia.



Llegados a este punto, creo que debo dar a conocer algunas de las características de D. José Castañeda. Catedrático de Teoría Económica de segundo.



Castañeda, en su día, quiso captar a mi padre como ayudante de cátedra. Honor que no pudo aceptar por verse obligado a abandonar sus clases particulares. Lo que hubiera supuesto un gran perjuicio crematístico para la familia. En ellas invertía todas las tardes con tres o cuatro grupos muy numerosos, llegando al extremo de que para incorporarse a ellas se precisaba recomendación de amigos, e incluso en algunos casos, de personalidades destacadas de la vida pública. Y no porque mi padre tuviera prejuicios o persiguiera prebendas, sino por la falta de capacidad física de la academia. Lo que no era óbice para integrar en ella, gratuitamente, a militares, sacerdotes y religiosos. Siendo varios los Jesuitas que pasaron por allí y que más adelante instituyeron la carrera de Ciencias Económicas en la Universidad de Deusto. Por entonces nos encontrábamos los seis hermanos cursando estudios en colegios religiosos y en edad de crecimiento, con sus exigencias correspondientes. Aquella renuncia de mi padre fue una gran decepción para D. José que, a mi juicio, nunca perdonó. Reafirmo esta opinión por su desmedida afición a descalificar con dureza, durante las clases y exámenes orales, a esa especie de lacra que, para él, eran los profesores particulares. A este respecto, conservo también un recorte del diario el País (07/06/1983) en el que J. Estefanía le entrevista. Al preguntarle por la valía intelectual de algunos economistas de la época, cita a Fuentes Quintana (ministro de Economía y Hacienda, en la transición), Juan Velarde, Jose luís Sampedro y Marto Ballesteros. Como entre ellos no menciona a "Goyo", el periodista pregunta:



_ "¿Cuales son los otros alumnos que quiere destacar? ¿No se tratará uno de ellos del popular Goyo, que explicaba su asignatura en una academia de la calle de Jorge Juan, por la que pasaron centenares de estudiantes?.


_No, Goyo era muy trabajador y dio muchas clases, pero yo me refiero a un italiano, Luciano Pistolessi, que hizo unos apuntes excelentes de mis explicaciones... . Ballesteros y Pistolessi han sido los mejores; españoles no quiero decir, el mismo Goyo, Fuentes Quintana era el primero, no voy a decir...


Lo que Castañeda ignoraba era que mi padre, ayudó a Fuentes (de la primera promoción y mi padre de la segunda) a superar la Teoría Económica. Siendo mi padre matrícula de Honor de dicha asignatura y primer premio extraordinario de fin de Carrera.


CARACTERÍSTICAS DE D. jOSÉ CASTAÑEDA:


_Gran inteligencia

_ Licenciado en Derecho.


_Ingeniero Industrial.


_Sabedor de toda la Teoría Económica conocida, en aquellos años, en España y Extranjero.

_Sus clases precisas y claras-

_Personalidad francamente insoportable

_ Tenía a gala suspender a mansalva.

_Exigente, antipático y por supuesto machista.




Se decía de él que en la Guerra Civil (1936) , había ejercido de comisario político en el bando republicano, o mejor dicho comunista. Sin embargo Franco, valorando sus capacidades, no debió creer conveniente su depuración. Algo que la mayoría de sus alumnos lamentaba profundamente.

Consiguió la cátedra por concurso- oposición y pudo dar sus clases con toda libertad. A decir verdad, nunca politizó en ellas, como sí era frecuente entre algunos profesores. En esta cuestión siempre destacó Jose Luis Sanpedro, catedrático de Estructura Económica. Hoy académico de la Lengua, insigne escritor y famoso por sus descaros. Sus enseñanzas eran todo un tratado comunista contra el régimen imperante. ¿Falta de libertad en los llamados cuarenta años de dictadura?. El aprendizaje de la asignatura se salvaba gracias a la frecuencia con que delegaba en su ayudante, Juan Velarde, (Juanito para mi padre, con el que aprobé Estructura Económica I y II). Este profesor por el contrario, nunca mostraba su partidismo en uno u otro sentido. Alguna vez, fallecido Franco, asistí a conferencias suyas y me sorprendió su derechismo y su reconocimiento de las altas cotas, industriales y económicas, conseguidas por España a lo largo de esos cuarenta años.



El aula de Teoría Económica de segundo aparecía cada día enormemente poblada de alumnos (la inmensa mayoría repetidores). Hecho éste que contrastaba con las ausencias contabilizadas cuando Castañeda pasaba lista para sacar a la pizarra. Todos ausentes. Cuando yo llegaba a la academia de mi padre, su primera pregunta era:


_¿Ha pasado lista Castañeda?.


Con esa impunidad siempre descubría mis escapadas; si respondía sí, era que no y viceversa. Y yo avergonzada por sus rapapolvos delante de los alumnos, que con anterioridad le habían informado de tan simple detalle. Pero mi padre no era rencoroso y cada tarde terminábamos la clase, junto con algún alumno que se nos unía, en "La Maja de Goya", taberna de la calle Narvaez, adornada con unos grandes toneles que nunca supe si llenos o vacíos. Aun hoy en mi paladar aquellos sabores de sepia a la plancha o deliciosa langosta que el dueño reservaba con predilección para sus más fieles clientes. He de volver un día de estos para ver qué otro banco o comercio ocupa hoy lo que fue lugar tan castizo y sabroso.
No he podido por menos de entretenerme con este inciso, asaltador de mi relato, para dejar testimonio del placer compensatorio que aquellas clases conllevaban. Lo siento, he de retornar a la aridez de hacer entender el clima y suspense con que semejante catedrático revestía la enseñanza de la Micro economía.


De cuando en cuando, alguna atrevida alumna osaba darse a conocer ante la pizarra. Bien preparada se suponía para llevar acabo tamaña audacia. Inútil, al menor síntoma de titubeo, de manera invariable, resonaba en el aula su exabrupto preferido:



_"Con razón digo yo que la mujer donde mejor está es en la cocina".



De nada servía el murmullo reprobador y colectivo. Por parte de algunos igualmente reprobador, a pesar de que en sus adentros aprobaban la aseveración CASTAÑERIL En este instante me pregunto si la manida frase: "Tiene castañas" será un acerbo derivado de tal apellido. En la siguiente ocasión si alguna falda (el pantalón no se había implantado aun como prenda femenina de uso diario. Y las alumnas, por otro lado ya no teníamos que recurrir a él, como cuando Concepción Arenal se vio obligada a disfrazarse de hombre para poder acudir a la Universidad en tierras gallegas. ¡Qué gran mujer!. Otro día contaré algo de su historia tan desconocida o ignorada por las feministas de este país)), pasase lo que pasase, la susodicha aguerrida, se colocaba delante suya sin aparente temor a reproche alguno. El rebuscaba, entre su infinita colección de pegas, para encontrar la más enrevesada y tener ocasión de lanzar la acuñada frasecita. Una y otra vez: "en la cocina"; no podía modificarla: en la casa o en la cama... ,no, siempre en la cocina. Sin duda su mujer debía destacar en dicho elemento doméstico, por defecto o por exceso.



Sinceramente confieso que no nos daba por lo trágico, ni por lo feminista. El propio catedrático nos servía en bandeja la revancha al comprobar como también los alumnos varones, no tardaban en cargar con sus desplantes: "Inmediatamente a su sitio", gritaba al que, en un gesto nervioso, tenía la osadía de introducír su mano en el bolsillo; ya no se molestaba en indagar si el desdichado había preparado el tema o no. O cuando otro ingenuo, para demostrar que había entendido con perfección su explicación respondía:


_"De acuerdo".


La voz del catedrático , alzada a decibelios incontrolados, retumbaba en el aula:


_"¿Cuando podremos estar de acuerdo usted y yo?". Como si quisiera decir: !Todavía hay clases!


Con tales antecedentes no era de extrañar, estando el aula en plenitud real de alumnado, la ausencia casi total ante la aventura de la pizarra.


Sin embargo, al releer hoy esta entrevista de J. Estefanía Moreira, he descubierto que aquella dureza implacable de D. José Castañeda, tenía un objetivo premeditado. Objetivo que se revela cuando el entrevistador, también antiguo alumno suyo, le asevera:


_"El profesor Castañeda ha sido considerado en la leyenda de los cuarenta años de facultad como el más duro. Todos sus alumnos debimos sufrir mucho para aprobarle".


Respuesta del duro profesor:


_"Es cierto. era durísimo, pero es que tenía ilusión por la facultad. No había otra en España. Haciendo trabajar se conseguía una buena formación. La prueba es que, según ha reconocido la gente, hasta en la forma de hablar o de escribir en la Prensa se ha impregnado un cierto lenguaje que fue enseñado en la facultad. Yo he apretado mucho pero el nivel de los alumnos que llegaban a la facultad era muy bajo. No sólo por el contenido sino por el sentido de la orientación."





Así ¿que era por el lenguaje y la orientación?. Menos mal que D. José ya descansa en paz y no puede contemplar los nuevos niveles del alumnado español. También ellos descansaran en paz, seguro.



Yo pasé por aquella criba oral dos veces. Pero ya la primera, a pesar del resultado, sentí sobre mis hombros el espaldarazo con el que se adquiere esa madurez universitaria que te marca para el resto de tu vida.


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El color naranja fue elegido por sus fundadores para la facultad de Económicas, por lo que escribo con él las líneas anteriores. Doy por supuesto que en eso no habrá habido variaciones.

12 junio, 2007

CHIKI-------FINAL

http://es.youtube.com/watch?v=-r9mML4uBDE

Chiki siempre se sentaba a mi lado,continuamente de broma, todo le hacía gracia y con él era imposible no reír. Sobre todo en las clases de Matemáticas con aquel profesor de apariencia insignificante y voz tan baja que a penas se le escuchaba. Una mañana alguien gritó desde lo alto: "Que venga el catedrático a ver si nos enteramos de algo". El profesor se volvió de la pizarra y sin el menor gesto de ira contestó: "El catedrático soy yo". La clase enmudeció. Resultó ser Don Sixto Rios, la mayor eminencia en la ciencia matemática del momento, con fama universal.

Entre clase y clase, salíamos a la calle de San Bernardo (nunca pude entender porqué se cantaba aquello: "La calle ancha de San Bernardo tiene una fuente con siete caños...": ni la calle era ancha, ni descubrí fuente alguna cuando la busqué. En una pastelería cercana animábamos al estomago con algún pastel o bollo. Recuerdo, y no sé porqué, como Marcelino, gallego él, siempre pedía una especie de rosquilla bañada con huevo caramelizado, de nombre: "Vergara". ¡Qué insustancial resulta a veces la memoria!. Lo más significativo era como, a medida que pasábamos de curso, nuestros gustos alimenticios viraban hacia los bares cercanos donde unos suculentos bocadillos de anchoas, a peseta la unidad, reponían nuestras fuerzas para volver a las clases.
Después de sufrir algunos exámenes parciales, en los que inconscientemente reíamos y jaleábamos las bromas en alto de los más osados, llegaron las vacaciones de Navidad y fue entonces cuando Chiki quiso dar un paso más allá del puro compañerismo. Allí estuvo Pilar para impedírlo de cuajo. Nunca sabré si para bien o para mal.

Julio seguía aun en la escuela Naval, sus vacaciones comenzaban más tarde, cuando Pilar me llamó muy cariñosa para decirme: "Fíjate me ha llamado Chiki para pedir tu teléfono porque quería invitarte a esquiar. Le dije que no se lo ocurriera que tenías novio formal". Mi reacción fue de enfado: "¿por qué se lo has dicho?". Su respuesta: "Pero bueno, ¿tú no tienes novio?". Y contesté: "Sí, pero me apetecía verle". La que se enfadó entonces fue ella: "No puedo entenderte, yo creí que lo de Julio iba en serio". Pilar y mis compañeras del "PREU", como sólo fuimos nueve, vivieron intensamente los prolegómenos del noviazgo de aquella que iba para monja. No era de extrañar, mi amiga pensaba que si te decidías por uno ya no podía gustarte nadie más. De ahí su empeño con Marcelino. He de reconocer que esa fue también mi creencia hasta que apareció el susodicho. Por eso me sorprendió que revolucionara mis parámetros hasta ese extremo . El no me llamó y dijo a Pilar: "Eso se avisa antes".
Transcurridas las vacaciones Julio volvió a la Escuela y yo a la Facultad, con algo menos de apetencia que al principio. Una mañana, que hasta hoy permanecía aletargada entre esos recovecos de la memoria que de improviso alguien o algo desempolva, al llegar a clase encontré bajando por la escalera, a Chiki con Chelo Zabala. Me pidieron les acompañara a una óptica cercana para recoger unas gafas. Sin que ninguno de los dos lo propusiéramos nos encontramos, el medio sentado en un mostrador y yo de pie frente a él, mirándonos sin decir palabra.Ignoro que clase de reactivo o carga eléctrica provocó aquella chispa. No sé los minutos que pasaron, a Chelo estaban atendiéndola, pero sigo reconociendo esa forma de mirar, imantados, sin interferencias. Por extraño que parezca una fuerza superior, ajena a nosotros, intervino en aquel instante de abstracción y la sonora carcajada de los dos, transformó en simple vidrio roto lo que pudo ser frágil cristal de Murano. Por una absurda asociación de ideas, cuando escucho a Los Secretos (a los que mi hija me ha adicionado):"En un vidrio mojado escribí tu nombre...", es una mirada lo que me perturba.

Nunca comentamos su llamada a Pilar. Dejó de sentarse a mi lado y terminaron sus bromas. Pero disfrutando la ausencia de un profesor, el grupo reunido en la galería,
apareció Chiki con su inseparable guitarra y, sin dejar de mirarme, comenzó con una ranchera:" Ella quiso quedarse cuando vio mi tristeza... pero ya estaba escrito que aquella tarde... perdiera su amor". Todos le coreaban, nadie conocía el tema y Pilar no estaba presente. Yo me entristecí y en lugar de quedarme quise desaparecer aunque no sabía el modo.
El curso siguiente pregunté a sus paisanos por él (eran muchos los canarios que estudiaban Económicas en Madrid. La de San Bernardo era la única facultad existente de la licenciatura. Instituida en España desde el 1944 o 45). Me enteré por ellos que no regresó del archipiélago.

P.D.: estos han sido mis recuerdos actuales sobre este episodio. Al leer lo escrito en mis viejos cuadernos, la única corrección que he de hacer es la de que Chiki también cursó el segundo año en nuestra facultad. Pero ya apenas hablábamos, casi siempre por mi culpa ya que hacía todo lo posible por no encontrarme con su mirada. Debió quedarse en su tierra a partir del tercer curso. No vuelvo a mencionarle ni siquiera en el Paso de Ecuador.

04 mayo, 2007

CHIKI------II

Escalera en la actualidad
MIS DOS "PROFE" DE MATEMÁTICAS

Incorporarme a Económicas supuso para mí un esfuerzo considerable, sobre todo intelectual ya que, a partir del cuarto curso de Bachillerato, abandoné las Matemáticas por las que nunca tuve predilección alguna.Sin embargo, Latín y Griego ¡qué atrayentes!.
Mi padre intentó suplir esa carencia con unas clases particulares que en principio, recibía de mi hermano Goyo pero que no tardaría en sustituir por Jose Antonio Ercilla, amigo y compañero de ingeniería de Minas.Más tarde, éste pasaría a ser de la familia al casarse con mi prima Sara (la mujer más guapa de Madrid, según un camarero de Hontanares). El cambio de profesor fue propiciado por los gritos y amenazas del primero ante mi supina ignorancia. Jose Antonio, ¡qué paciencia!.

Debo confesar que nunca me arrepentí de estudiar esa carrera. No sólo porque gracias a mi padre pude terminarla, sino porque centró mi cabeza. Siempre la tuve algo volátil y dada a elucubraciones. No quiero pensar lo que hubiera hecho de mí la pura Filosofía. Sin duda, es algo más a agradecer a mi padre. Siempre mi padre, prestándome su apoyo en todas las ocasiones y de esa manera tan suya que, casi, casi, los méritos parecían propios. Una sóla vez me defraudó en la vida. Cuando al fín obtuve el título universitario le pedí me proporcionara algun trabajo, como había hecho con mis hermanas, y su respuesta me dejó atónita:

_Tienes muchos hijos y no puedes trabajar fuera de casa.

¿A qué entonces tanto empeño en que terminara la carrera?. Tardé años en comprenderlo. Exactamente al comprobar el estado mental, sin menospreciar a nadie, de las mujeres que no tuvieron la suerte de un padre como el mío. Su intención fundamental era que sus hijas no nos privásemos de ese desarrollo intelectual, que habría de servirnos para encarar la vida con parámetros diferentes a los habituales en el mundo femenino de la época. Lo de menos era el ejercicio profesional. A este respecto, evoco las críticas de algunos de mis compañeros (ridícula minoría). Su opinión era la de que nos casaríamos y no produciríamos a la sociedad ni lo equivalente, en términos económicos, al coste de un puesto universitario. Cuando miro a mis hijos tengo la certeza moral de haber demostrado lo erróneo de dicha teoría.
Aquella mañana de Octubre, Pilar Dobao (la "empollona" del colegio), a cuyo padre le sucedía algo parecido al nuestro respecto a los estudios femeninos (tenía él la única academia de preparación al ingreso de Ingeniería de Telecomunicación; habiendo engendrado únicamente cuatro hijas de privilegiado cerebro) y yo, apoyándonos mutuamente, enfrentamos con timidez la imponente puerta del antiguo caserón de San Bernardo.A mí me pareció que chirriaba, del conocimiento y saber acumulados tras ella.Atravesar aquel umbral y abrirse para nosotras un horizonte amplio y despejado fue suficiente para descargar algunos prejuicios y reserva, en parte obra de las monjas y en parte de la época que vivíamos. Ascender la interminable escalera que daba paso a las aulas suponía un buen ejercicio de humildad, al comparar nuestros tímidos pasos con las huellas ilustres, de alumnos y catedráticos, que nos precedieron: Ortega y Gasset, Sánchez Albornoz, Ridruejo, Fraga, Royo Marín, Fuentes Quintana..., sin duda impregnadas en la madera crujiente de escalones y aulas.

Generalmente las chicas, que éramos diez o doce redondeando al alza mientras los chicos parecían miriadas, solíamos instalarnos todas juntas en las dos primeras filas de los bancos corridos. A medida que perdíamos el miedo, ascendíamos escalones y no teníamos reparo en desperdigarnos entre los chicos Por si no fuera suficiente esta falta absoluta de paridad, existía la costumbre de que los veteranos pasaran revista a la cantidad y calidad del alumnado femenino, asomando sus impúdicas miradas por las puertas del aula. No tardamos en formar pandilla, de la que recuerdo vagamente algunos nombres: Maruja, Pilar, Mª Jesús...Gonzalo. Marcelino - gallego que trajo a Pilar por la calle de la amargura hasta que se casó con él- Chiki y alguno más.

03 marzo, 2007

CHIKI------I

El caserón de San Bernardo en la actualidad. Pero ya no es lugar del saber




La juventud de un ser humano
no se mide por los años
que tiene, sino por
la curiosidad que almacena
PANIKER


La historia de Chiki comenzó con mi entrada en la Universidad. Ya dije que fue corta, muy corta. Realmente mínima pero voy a dedicarla una mención porque sin haber llegado a nada pudo desbaratar un proyecto de vida.

Como no soy partidaria de falsas humildades no me importa reconocer que tuve muchos compañeros tras de mí. Ya se encargaba nuestro fiel bedel Justo de ponerme al día en este tema. Sin embargo y curiosamente, el único que me dejó huella fue el que se llamaba Fernando - no recuerdo su apellido - y al que todos apelábamos Chiki. Canario,alto, delgado, guapo y siempre alegre.

De las treinta alumnas de sexto curso de bachiller, del Real Colegio de Nuestra Señora de Loreto - O`Donnell 57 -, nueve cursamos el Preuniversitario (recién establecido en sustitución de Séptimo y Revalida). La única de Letras yo, con lo que disponía de un profesor de Latín y otro de Griego para mí sola. No era muy frecuente todavía que las mujeres estudiaran una carrera, A mis hermanas y a mí no nos quedó otro remedio ya que, como recuerda Mary Carmen, desde la cuna fuimos mentalizadas con la idea de que el final de los estudios culminaría con un título universitario. No había otra opción y ni siquiera lo preguntábamos. Mi inclinación apuntaba a Filosofía y Letras, lo más común junto con Farmacia entre las chicas. Pero mi padre con su buena cabeza dilucidó que, a causa de mi noviazgo, plantaría los estudios antes de tiempo y sólo con su ayuda podría terminarlos. Efectivamente su preclara razón una vez más dió en el clavo. Con media carrera aprobada contraje matrimonio y la otra media fuí rematándola entre hijo e hijo. Yendo él a San Fernando para explicarme algunas asignaturas y recomendándome eficazmente en otras. Tan eficaz que en una ocasión, estando embarazada de mi tercer hijo (Julito), debía examinarme de Derecho Fiscal en Barcelona. Trasladamos el expediente a esa facultad porque en Madrid tenía la cátedra Fuentes Quintana, gran amigo de mi padre pero que ya tuvo el gusto de aprobarme Hacienda Pública sin recomendación explícita,forzada únicamente por mi apellido. Fuentes (quién más adelante sería nombrado gobernador del Banco de España) era el segundo "hueso" de Económicas y a fin de no violentarle mi progenitor,en un rasgo de delicadeza, me matriculó en la facultad catalana para pasar el trago con un antiguo alumno suyo que ejercía por aquellas tierras. La noche anterior a mi desplazamiento una maligna diarrea me hizo temer por el embarazo por lo que no me decidí a emprender viaje alguno, con gran disgusto paterno. Dándose el caso que otra alumna de nombre parecido al mío pudo beneficiarse de la recomendación. Cuando el catedrático comunicó a mi padre la feliz noticia del aprobado, en mi casa de soltera se desencadenó una sonora tormenta.
Arrinconé el Derecho Fiscal hasta otro embarazo, el de mi hija Esther. Y con la inauguración de esta Facultad en Málaga conseguí aprobarlo. Celebramos la noticia con champán en San Fernando. Fue éste el final de mi carrera, lo mínimo que podía ofrecer a mi padre. Gracias a su empeño y su inasequible desaliento alcanzamos aquella meta, trazada por él desde mi más tierna infancia. Mi única aportación fue dejarme llevar. Eran esos tiempos maravillosos y certeros en que los hijos no cuestionábamos las decisiones paternas. Por ese convencimiento pleno de que la palabra padre nunca sería sinónimo de enemigo ya que su función, ¡faltaría más!, era la de protegernos, dirigirnos y guiarnos a buen puerto.

19 diciembre, 2005

El dia que aprobé Castañeda. In Memorian de mi padre


"La de ayer, 18-VI-59, fue una fecha gloriosa: ¡aprobé Castañeda!".
Sí, porque cuando estudiábamos Económicas en la Universidad Central, aquel añejo caserón de San Bernardo, no se trataba de aprobar o suspender la Teoría Económica de segundo, allí aprobábamos o suspendíamos Castañeda.
Leyendo un viejo cuaderno, acabo de encontrar lo que escribí cuando sucedió tal acontecimiento y me decido a transcribirlo por si aún existe alguíén, por estas "latitudes", que haya pasado por semejante trance y podamos compartirlo.

"Me emocionan las atenciones de mis compañeros y ayer las recibí a montones. Me encontraba, como siempre, bromeando con ellos cuando me enteré que la próxima en entrar al "aula de la perdición" sería yo. Como la primera vez que pasé el escrito y llegué al examen oral, me entro un espantoso temblor y comencé a decir que no me presentaba. Alejandro y Josefina me subieron del bar una enorme copa de coñac y, aunque no me gustaba nada, me la tomé de un trago a pesar de los consejos de la mayoría. Ignoro si lo del coñac es una costumbre institucionalizada para enfrentarse a Castañeda o si Alejandro estuvo en mi primera derrota, recordó el efecto que la bebida hizo en mí en aquella ocasión y decidió repetirlo. El caso es que me sentó de maravilla. Casi olvido el examen hasta que ví salir del aula a José y su cara me dijo el resultado de su prueba. Ni siquiera pude consolarle porque no tardó la voz de Nieto en anunciar mi apellido. Me levanté como impulsada por un resorte y atravesé aquel umbral con más energía que la de cualquier militar dispuesto a ganar una dura batalla.
Nieto (profesor ayudante) se acercó a mí con la primera pregunta:"Equilibrio en el consumo temporal". Tuve suerte porque la había repasado la noche anterior. desarrollé la pizarra en cinco minutos y no tardó Don José Castañeda en aproximarse al lugar de combate. Me atacó con algunas pegas y preguntas que fuí repondiendo y, sin casi darme cuenta, me encontré escribiendo la segunda pizarra: "Resolución gráfica del duopolio". Esta no la tenía reciente pero la pizarra me quedó perfecta, tal y como me la había enseñado el gran profesor particular que en la facultad siempre se recomendaba a los sufridos alumnos de Castañeda. Volví a tener suerte porque Nieto, después de examinar detenidamente lo plasmado con la tiza, dijo:"puede irse", lo que suponía mi aprobado. De inmefiato pensé en mi profesor: ¡al fín, Goyo!.
Mi aprobado resultó un poco pasado por agua; en primer lugar porque suspendió a mi mejor amigo y en segundo lugar por el comportamiento grosero de Castañeda que empleó su más cruel ironía en atacar a los profesores particulares y a los incautos alumnos que, según él, caíamos en sus garras. ¡No hay derecho!."

Hasta aquí lo escrito hace casi medio siglo.Pero, cuando van a cumplirse diez años que se fue mi profesor y sus restos descansan en el cementerio de la Almudena, se me ocurre pensar en la paciencia que tuvo conmigo y en el mal ejemplo que dí a sus alumnos. Claro que yo venía de Letras. De todas formas en estas líneas, escritas en un cuaderno ya amarillento y compartidas con Curvas de Demanda e Integrales, que nunca pude imaginar colgadas en una página como ésta, late de manera explícita e implícita su nombre, su persona y todo ese amor que supo derramar en sus hijos -más tarde también en sus nietos- sin zalamerías ni adulaciones, pero con preocupación y entrega hasta el fín de sus días, Y tal como era con nosotros lo era también con todo el mundo, en especial con sus alumnos. Por eso tuvo tantos y tan queridos; por eso la parroquia de San Juán Crisóstomo estuvo tan repleta de hombres y mujeres que fielmente le recordaban en su funeral. Por cierto, no supe reconocer a nadie, tenendo la seguridad como tenía de que muchos de los que conmigo estudiaron, no podían perderse la última y magistral lección de mi padre.
¡Descansa en paz, papá!, y perdóname por tardar tanto en aprobar Castañeda.

16 diciembre, 2005

Había una vez un bedel


Había una vez un bedel

Ayer recibí una llamada, corta pero intensa. Era Justo.
Esos diez minutos fueron como una rúbrica en una papeleta de examen : Sí, lo he vivido. No ha sido producto de la imaginación, ni de la memoria distorsionada. Mis años de universitaria existieron con sus pros y sus escasos contras.
Lo mejor de todo aquello fue la existencia de esa persona que llegó a ser una institución en aquella facultad de Económicas, incoada en la Universidad Central de la calle de San Bernardo, donde se respiraba un aire familiar y de compañerismo que dudo mucho se pudiera trasladar, con la inauguración de estos estudios, a Somosaguas. El de San Bernardo era un recinto con ese halo de sabiduría, conocimiento y respeto que imprimieron cuantos pasaron por sus aulas, añejas y cuarteadas por los años de aprendizaje y enseñanza que albergaban.
En ese tiempo, no se podía concebir tal Facultad sin dos personajes especiales y contrapuestos: Justo Jimenez y Castañeda. Este por su dureza y adusted. Pasar por su cátedra era como pasar el oro por el crisol. El afortunado alumno que superaba esa asignatura, Teoría Económica de segundo, por muchos que fueran los suspensos acumulados en adelante, nunca dejaría paso al desaliento. Un aprobado en Castañeda era el pasaporte a un final feliz de carrera.
Pero Justo era otra cosa. Alguien a quien recurrir en todas las encrucijadas. Siempre estaba “ahí”

Aquel cuartito de bedeles rebosaba a diario de alumnos suplicantes.
Te faltaban apuntes: Justo.
Te sobraban problemas con algún profesor: Justo
Necesitabas información: Justo.
Perdías algunas papeletas: Justo.
Recomendaciones: Justo
Dinerillo para algún imprevisto: Justo
En aquel cuartito de bedeles se encontraba la solución a la mayoría de agobios universitarios.

Solíamos asaltarle al vuelo por las galerías de la Facultad; siempre corriendo de un lado para otro, cargado de papeles. Y aquel rostro serio y casi malhumorado, con el que parecía recibir nuestras constantes peticiones de auxilio, todos conocíamos que no era nada más que una simple máscara para no manifestar lo encantado que estaba de poder ofrecerte su ayuda y de que tú se la pidieras.
Mucho más recuerdo de Justo, no exagero si afirmo que no cabría en un libro. Amigo. compañero, Psicólogo y catedrático de experiencia y sabiduría popular. Si contabas con la ventura de su mano tendida, ¡qué fácil aferrarse a ella!. ¿Qué hubiera sido de mí, inocente colegiala del 55,sin él?.Sin duda, habría naufragado en aquel macromundo de hombres, donde las chicas podían contarse con los dedos de las manos.


Por algo mi sabio padre calmó mis temores, casi infantiles, ante lo desconocido del hecho universitario, con aquella aseveración:
“No te preocupes, allí está Justo”
¡Qué dicha haberle conocido!
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